
Coco llegó a nuestras vidas en 2012 y durante trece años fue la excusa perfecta para abandonar cualquier plan y quedarnos en casa, disfrutando de sus ronroneos mientras dormía en nuestras faldas y de esas miradas cómplices que solo él sabía dar cuando alguien comía en la cocina. Vos eras el que nos esperaba en la puerta cada vez que regresábamos, con ese entusiasmo intacto que nunca decaía, y el que insistía en seguirnos de cuarto en cuarto como si tuvieras miedo de que nos perdiéramos en nuestra propia casa. Te vas dejando un silencio raro en los rincones donde solías dormir y una costumbre que no sabemos cómo romper: la de poner un plato de agua en el mismo lugar de siempre, porque todavía no nos anima a aceptar que ya no estás.
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