
Conde fue ese gato que se instalaba en tu regazo apenas te sentabas, ronroneando como un motor que nunca se apagaba, y que exigía ser el primero en probar cualquier cosa que llegara a la cocina con una insistencia que terminaba siendo irresistible. Vos sabés que tenía ese hábito de seguirnos por toda la casa como si fuéramos lo más importante del mundo, y que se acostaba en nuestras camas esperando que le habláramos antes de dormir, como si entendiese cada palabra. Estos doce años dejaron en nuestras manos el recuerdo de esas patitas saltarinas y ese maullido inconfundible que ya no vamos a escuchar en las mañanas, un silencio que duele porque Conde fue nuestra rutina, nuestro ritmo, nuestro hogar en forma de gato.
Sé el primero en dejar un mensaje