
El Conde era ese tipo de gato que se sentaba en la ventana a observar el mundo con una sabiduría que nos hacía pensar que sabía secretos que nosotros nunca íbamos a descubrir, y cada tarde cuando volvíamos a casa nos esperaba con ese ronroneo inconfundible que era como si nos dijera que había estado cuidando el lugar todo el día. Tenía la costumbre de acompañarnos en la cocina mientras cocinábamos, tejiendo entre nuestras piernas con una paciencia que solo él poseía, y de repente se trepaba a la mesada para probar suerte con lo que estuviera al alcance de su curiosidad felina. Dejó un vacío en cada rincón de la casa, especialmente en esa esquina del living donde dormía la siesta, y aunque pasaron los años desde que se fue en 2020, todavía sentimos su presencia en esos momentos silenciosos cuando la casa está quieta y nos acordamos de sus ojos mirando
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