
El Conde era ese gato que te seguía por toda la casa ronroneando mientras vos hacías los quehaceres, como si quisiera estar en cada momento de tu día aunque fuera solo mirando desde la silla de la cocina. Tenía la costumbre de esperarte en la puerta cada tarde con esa forma particular que tenía de maullar, medio ronco y exigente, que te hacía sonreír aunque llegaras cansado del trabajo. Desde que se fue en 2018, la casa quedó diferente, más silenciosa en esos rincones donde él dormía, y nos dimos cuenta de cuántas pequeñas rutinas nuestras giraban alrededor de ese bichito que tanto quisimos.
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