
Conde fue quien nos enseñó que la vida en una jaula podía ser una aventura constante, corriendo en su rueda cada madrugada como si tuviera que llegar a algún lugar importante y dejándonos sonreír con esa seriedad de quien cumple una misión sagrada. Lo que más vamos a extrañar es verlo acurrucado en su rincón favorito, con los cachetes repletos de semillas, mirando el mundo con esos ojitos despiertos que parecían guardar secretos que nunca nos contó. Cuando se fue en 2020 se llevó esos silencios cómodos de la tarde, esos ruidos nocturnos que nos hacían saber que estaba ahí, y dejó en nosotros la certeza de que incluso algo tan pequeño puede ocupar un espacio tan grande en el corazón.
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