
Conde llegó a nuestra casa en 2015 y durante diez años fue el primero en recibirnos en la puerta cada vez que volvíamos, saltando de alegría como si fuera la primera vez que nos veía en la vida. Tenía ese hábito adorable de acostarse exactamente en el medio de la cama, sin importar cuánto espacio había, y se dormía ronroneando bajito mientras nos tocaba la cara con su patita. Se fue dejando un silencio en la casa que ningún otro sonido logra llenar, ese vacío que sentimos cuando falta alguien que estuvo todos los días de nuestras vidas.
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