
Cuca fue ese gato que nos esperaba cada noche en la puerta cuando llegábamos del trabajo, ronroneando mientras se frotaba contra nuestras piernas como si no nos hubiera visto en años, aunque apenas había pasado el día. Te encantaba acurrucarte en la falda mientras veíamos televisión y nos sacabas los ojos si nos atrevíamos a moverte antes de que vos decidieras que ya era suficiente, pero sabíamos que era tu forma de decirnos que nos querías. Ahora la casa tiene un silencio raro, ese donde no está el sonido de tus patitas corriendo por los pasillos ni ese maullido particular que dabas cuando querías desayunar, y ese vacío es el precio de haberte tenido nueve años para amarte.
Sé el primero en dejar un mensaje