
Cuca llegó a nuestras vidas en 2013 y durante dieciséis años fue la primera en despertarnos con sus saltos sobre la cama, la que nos esperaba en la puerta cada vez que volvíamos aunque fuera cinco minutos, la que robaba medialunas de la mesa con ese arte perfectamente calculado que solo ella dominaba. Sus tardes las pasaba buscando el rincón más soleado de la casa para echarse a ronronear mientras nosotros circulábamos alrededor de ella, y en las noches lluviosas se acercaba a apoyar su cabeza en nuestras piernas como si supiera exactamente cuándo necesitábamos ese gesto sin palabras. El silencio de la casa sin sus pasos, sin sus demandas de comida a la misma hora, sin esa forma particular que tenía de mirarnos cuando algo no estaba bien, es un vacío que seguiremos sintiendo cada día porque Cuca no fue solo una mascota sino la testiga de nuestras
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