
Cuca llegó a nuestras vidas en 2017 y durante quince años fue esa presencia que te seguía de cuarto en cuarto, que se acostaba en tus pies cuando estabas triste, y que ladraba con alegría cada vez que alguien abría la puerta aunque fuera solo para revisar el correo. Te dabas cuenta de que envejecía con nosotros cuando dejó de saltar al sofá o cuando se quedaba dormida en mitad de una tarde soleada, pero su manera de apoyar la cabeza en tu mano seguía siendo exactamente la misma de siempre. La casa es diferente ahora sin el sonido de sus patas en la cocina a las seis de la tarde o sin tener que acordarse de ella cada vez que salíamos, porque Cuca simplemente era parte del ritmo de nuestros días y eso dejó un vacío que ningún otro momento puede llenar.
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