
Cuca fue esa presencia que nos recibía cada vez que abríamos la puerta, moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía, y que se acostaba exactamente en el mismo rincón de la cocina durante las comidas para acompañarnos sin pedir nada. Te llevás con vos esos paseos por el barrio donde todos te conocían, y la manera que tenías de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo andaba mal, como si supieras exactamente qué necesitábamos en cada momento. Fueron trece años donde aprendimos que el amor no necesita palabras, y ahora cada vez que pasamos por donde dormías o escuchamos un sonido parecido al tuyo, sentimos que todavía estás acá, en cada rincón de esta casa que ya no es la misma sin vos.
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