
Diva fue esa presencia constante que nos enseñó que la alegría podía caber en algo tan pequeño, con sus saltos impredecibles por la casa y esa forma única que tenía de reclamarnos atención frotándose contra nuestras piernas cuando menos la esperábamos. Durante seis años compartiste con nosotros esos momentos tranquilos en los que te acurrucabas en nuestro regazo mientras veíamos televisión, como si supieras exactamente cuándo necesitábamos tu calidez y tu compañía silenciosa. El espacio que dejaste en la casa es tan grande como el que ocupabas en nuestros corazones, y cada vez que pasamos por el rincón donde solías estar, seguimos sintiendo esa falta de tu presencia que no se llena con nada.
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