
Diva fue durante quince años la razón por la que llegábamos apurados a casa, porque sabíamos que nos estaba esperando con ese salto característico que pegaba apenas escuchaba nuestros pasos en la puerta. Te encantaba acurrucarte en el sofá entre nosotros mientras veíamos televisión, y tenías la costumbre de mordisquear suavemente nuestras manos como si quisieran decirnos algo que las palabras no alcanzaban. El silencio que dejaste en esa esquina donde dormías es un vacío que ninguno de nosotros sabe muy bien cómo llenar todavía.
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