
Diva fue esa presencia que transformaba cada rincón de la casa en un lugar donde querías estar, con su forma inconfundible de recibir a cada uno de nosotros como si fuera la primera vez que nos veía. Tenía ese don de saber exactamente cuándo alguien necesitaba su cabeza apoyada en una rodilla o sus paseos por el barrio que marcaban el ritmo de nuestras tardes durante seis años. Dejó un silencio en la puerta de entrada y un vacío en esas horas donde solíamos estar juntos, recordándonos todos los días que estuvo acá cuánta vida cabe en los gestos más simples.
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