
Doki fue ese gato que se trepaba a nuestros hombros mientras cocinábamos y ronroneaba tan fuerte que parecía que la casa vibraba entera, trece años de rutinas que se volvieron sagradas y que ahora nos dejan un silencio raro en la cocina. Tenía la costumbre de esperar en la ventana cada vez que salíamos, y cuando volvíamos nos recibía con ese maullido particular que era solo para nosotros, sos el único que sabía exactamente cuándo necesitábamos estar quietos y simplemente tumbarnos a su lado. Dejás un vacío en los rincones de esta casa que ya no suenan igual, en esos momentos del atardecer cuando la luz entra por donde vos solías dormir y nadie ocupa ese lugar que era únicamente tuyo.
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