
Doki fue ese perro que te esperaba cada tarde en la puerta con una alegría que no necesitaba motivos, saltando y gimiendo de felicidad como si acabaras de regresar de años de ausencia cuando apenas habías salido una hora. Tenía la costumbre de dormir con la cabeza apoyada en los pies de quien estuviera más triste ese día, como si supiera exactamente dónde se necesitaba su presencia sin que nadie le explicara nada. El silencio que dejó Doki cuando se fue fue tan profundo que todavía nos cuesta pasar por los lugares donde solía echarse a esperar, porque en esta casa ya no hay nadie que nos reciba de esa manera tan absoluta.
Sofía R.
25 de junio de 2026
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