
Doki fue siempre ese perro que nos esperaba en la puerta con la misma alegría cada vez que volvíamos, como si fuera la primera vez que nos veía después de años, y esa forma de amarnos sin medida fue lo que nos enseñó a querernos mejor los unos a los otros. Durante dieciséis años nos acompañó en las tardes de patio, en las mudanzas, en los momentos difíciles donde su sola presencia nos calmaba, y tenía esa costumbre hermosa de apoyar la cabeza en nuestras rodillas cuando algo nos dolía sin que tuviéramos que decir nada. Se fue dejando un silencio en la casa que duele, un espacio vacío en la rutina diaria que no sabe llenarse de la misma forma, y la certeza de que esos dieciséis años junto a vos fueron de los más felices que pudimos vivir.
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