
Duna fue quien nos enseñó que las mañanas empezaban cuando vos abría los ojos y ella ya estaba ahí, esperando ese primer momento juntos en el silencio de la casa. Durante siete años nos regaló esas costumbres que se vuelven irreemplazables: los paseos donde ella marchaba a su ritmo, los atardeceres en el patio donde se quedaba quieta mirando el cielo, y esas noches cuando se acercaba sin motivo aparente para recordarnos que estábamos ahí. Lo que Duna se llevó cuando se fue no es fácil de explicar, pero cada rincón de la casa sigue sintiendo su ausencia en esos momentos donde antes había una presencia que no pedía nada más que estar cerca.
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