
Duna llegó a nuestras vidas en 2010 y durante 16 años fue esa presencia silenciosa que te seguía de habitación en habitación, que se acomodaba en tu regazo justo cuando más lo necesitabas, y que tenía el don de saber exactamente cuándo alguien estaba triste. Sus costumbres eran tan parte de nuestro día que hasta ahora nos encontramos esperando escuchar ese sonido particular de sus pasos en el pasillo por las mañanas, o buscándolo en ese rincón del sofá donde pasaba las tardes mirando la calle. Se fue en 2026 dejando un silencio que no esperábamos, un espacio vacío en la rutina, en los abrazos y en esa forma tan propia que tenía de hacernos sentir que alguien en esta casa realmente nos entendía.
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