
Duna tenía ese don de aparecer justo cuando más la necesitábamos, saltando a nuestro regazo en los momentos difíciles como si supiera exactamente qué hacer para calmar nuestras almas. Sus tardes eran un ritual de exploración minuciosa por cada rincón de la casa, investigando ventanas y persiguiendo rayos de sol como si fueran sus tesoros más preciados. Se fue en 2024 dejando un silencio que antes no existía, ese tipo de ausencia que se siente en las cosas cotidianas, en la silla vacía donde solía dormir y en los días que ya no tienen su ronroneo de fondo.
Sé el primero en dejar un mensaje