
Duna tenía la costumbre de esperarnos en la puerta cada vez que salíamos, y cuando volvíamos nos recibía con ese entusiasmo que hacía que todo lo malo del día se desvaneciera al instante. Le encantaba perseguir las sombras en el patio durante las tardes de verano y dormir acurrucada en el sofá mientras nosotros veíamos películas, como si quisiera estar en todos lados donde estuviéramos. En 2024 se fue dejando un silencio en la casa que no esperábamos, ese vacío que solo dejan los que realmente vivieron con nosotros todos los días.
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