
Estrella fue ese ser que nos esperaba cada tarde en la puerta con la cola moviéndose antes de que termináramos de abrir, y que insistía en dormir acurrucado en los pies de la cama aunque le dijéramos que no había lugar. Durante dieciséis años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples, como pasear por la manzana o recibir una caricia en la cabeza mientras mirábamos televisión juntos. Su ausencia dejó un silencio raro en la casa, ese silencio donde ya no escuchamos sus pasos seguirnos de un cuarto al otro, y nos dimos cuenta de que había sido el hilo invisible que unía nuestros días.
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