
Fifi fue ese gato que se sentaba en la ventana cada tarde esperando que llegáramos a casa y nos recibía con un ronroneo que te hacía olvidar al instante cualquier mal día que hubieras tenido afuera. Tenía esa costumbre de dormir en el medio de la cama a las 3 de la mañana y ocupar todo el espacio como si fuera el dueño del lugar, y aunque nos sacaba de quicio, después nos dábamos cuenta de que esos eran los momentos más felices de nuestra casa. En estos cinco años que compartimos con vos aprendimos que la felicidad no necesita ser complicada, que un ronroneo vale más que mil palabras, y ahora cada vez que pasamos por tu rincón favorito sentimos ese vacío que solo dejan los que amamos de verdad.
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