
Fifi fue ese gato que se dormía en nuestro regazo mientras veíamos televisión y nos despertaba a las seis de la mañana con sus maullidos para que le abriéramos la puerta, como si fuera un reloj viviente que nos organizaba los días. Te acuerdas de cómo saltaba a la ventana cuando escuchaba los pájaros y se quedaba horas ahí, con esa paciencia infinita que solo los gatos tienen, y después bajaba para frotar su cabeza contra nuestras piernas pidiendo que le habláramos de lo que había visto afuera. Desde que Fifi se fue, la casa quedó más silenciosa de lo que imaginábamos que podía estarlo, y esos rincones donde solía acurrucarse se sienten distintos, como si extrañaran su presencia tanto como nosotros.
Valeria G.
22 de junio de 2026
Acompañamos en el dolor. Un abrazo fuerte.