
Fifi fue quien nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: un rayo de sol en la ventana de la tarde, nuestras manos acariciando su cabeza mientras dormía, y ese ronroneo que llenaba los silencios de la casa. Vos sos quien nos esperaba en la puerta cada vez que llegábamos, quien se acurrucaba en nuestro regazo cuando algo nos dolía, y quien convertía los días ordinarios en momentos que queríamos que duraran para siempre. Dejaste un vacío tan grande como el amor que diste durante dieciséis años, y aunque ya no estés acá, seguimos escuchando tu ronroneo en los lugares donde solías estar.
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