
Fifi fue ese perro que nos esperaba cada tarde en la puerta con la cola moviéndose antes de que abriéramos, y que insistía en acostarse exactamente sobre nuestros pies mientras veíamos televisión, como si quisiera asegurarse de que no nos ibamos a ir. Durante doce años nos enseñó que la felicidad podía ser tan simple como un paseo por la manzana, un trozo de pan tostado o simplemente estar cerca de quien querés sin necesidad de explicaciones. El silencio de la casa sin sus pasos, sin escuchar su respiración tranquila en las noches, sin sentir ese peso cálido que nos acompañó desde 2018 hasta 2030, es lo que más extrañamos y lo que más nos recordará que estuvo acá.
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