
Fifi fue la razón por la que aprendimos a ver la vida más lentamente, porque cada caminata al atardecer se convertía en una aventura donde vos eras lo más importante del mundo. Te acordás cómo insistía en acostarse exactamente en el rincón del sofá donde le daba el sol de la tarde, y cómo protestaba con esos gruñiditos tiernos si alguien se atrevía a ocupar ese lugar sagrado. Desde que te fuiste en 2019, la casa respira diferente y hay un silencio en la cocina a la hora en que vos esperabas pacientemente bajo la mesa, dejando un vacío que ningún otro momento logra llenar.
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