
Fito llegó a nuestras vidas en 2013 y durante siete años nos sorprendió cada mañana con su costumbre de saltar alrededor de nuestros pies mientras desayunábamos, como si celebrara que habíamos vuelto a despertar. Tenía esa particularidad de esconderse detrás del sofá cuando quería estar solo pero exigía que lo buscáramos, y cuando lo encontrábamos hacía unos saltitos que nos hablaban más que cualquier palabra. El silencio de la casa cambió cuando se fue en 2020, y nos dimos cuenta de que ese pequeño latido constante, ese movimiento suyo que llenaba nuestros días, era lo que nos hacía sentir que todo estaba bien.
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