
Fito fue ese gato que nos enseñó a entender que el amor no necesita palabras, con su costumbre de ronronear mientras nos acompañaba en las noches de insomnio y su manera peculiar de exigir mimos a las tres de la mañana como si fuera la cosa más importante del universo. Durante estos siete años nos regaló la magia de los detalles simples: la forma en que se acurrucaba en nuestro regazo cuando sentía que algo andaba mal, cómo se paraba en la ventana a observar el mundo con esa curiosidad que nunca perdió, y esos momentos donde nos miraba como si supiera exactamente lo que estábamos pensando. Ahora la casa tiene un silencio distinto, uno que duele porque falta el sonido de sus pasos, sus maullidos de bienvenida y esa presencia que convertía cualquier día ordinario en algo especial, dejándonos con la certeza de que fue un privilegio compartir la vida con
Sé el primero en dejar un mensaje