
Fito llegó a nuestras vidas en 2015 y durante siete años fue el primero en recibirnos a la puerta cada vez que volvíamos a casa, saltando de alegría como si fuera la primera vez que nos veía. Te acordás cómo se acostaba en el medio del sofá y nos obligaba a todos a acomodarnos alrededor suyo, convencido de que ese era su lugar sagrado en el mundo. Cuando se fue en 2022, dejó un silencio en la casa que todavía duele, ese vacío en la rutina diaria que nos hace recordar cada mañana lo especial que fue tenerlo con nosotros.
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