
Flaco tenía esa manera única de saludarnos cuando llegábamos a casa, saltando al sofá y ronroneando en nuestro regazo como si acabara de pasar una eternidad sin vernos, aunque hubiera sido solo unas horas. Pasó sus diez años observándonos desde los lugares más altos del hogar, bajando ocasionalmente para dormir en nuestras camas o acompañarnos en la cocina a la espera de algo que cayera, con esa paciencia felina que solo él sabía tener. La casa quedó más silenciosa desde que se fue, y los rincones donde solía acurrucarse ahora nos duelen porque Flaco se llevó esa calidez cotidiana que solo él sabía darle a los días.
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