
Flor fue la que nos despertaba cada mañana con sus saltos a la cama y esos gemiditos que hacía cuando quería que le rasguemos las orejas, once años de costumbres que se convirtieron en el ritmo de nuestras vidas. Te llevabas nuestras medias cuando estábamos distraídos y las escondías en lugares que todavía descubrimos, como si supieras que así nos ibas a hacer reír incluso cuando ya no estuvieras. Dejaste un silencio raro en la casa, ese donde falta el sonido de tus patas en el piso de madera y tu respiración junto a nosotros en el sofá, un espacio que ninguno de nosotros sabe cómo llenar.
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