
Flor llegó a nuestras vidas en 2015 y durante nueve años fue la primera en saludarnos cada mañana con esa forma particular de mover la cola que pedía café con nosotros antes que nada. Vos tenías la costumbre de acostarte en el rincón más soleado de la casa a las tres de la tarde exactas, y también de seguir con la mirada a quien se levantaba primero, como si controlaras que nadie se fuera sin despedirse. Ahora la casa suena diferente sin tus pasos en la cocina, sin ese ruido de collar que anunciaba tus paseos, y dejaste un espacio tan grande que todavía no sabemos cómo llenarlo.
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