
Flor fue nueve años de alegrías cotidianas, esos momentos donde nos esperabas en la puerta con la cola contando historias, y donde tu entusiasmo por las cosas simples nos enseñó a valorar lo que importa de verdad. Te acordabas de cada rincón de la casa como si fueran tesoros propios, y tenías el don especial de saber cuándo alguien estaba triste para venir a apoyar tu cabeza en nuestras rodillas sin que nadie te lo pidiera. Dejás un silencio diferente en los pasillos y un vacío en los hábitos que compartíamos día a día, pero tu manera de amar sin condiciones sigue presente cada vez que recordamos cómo supiste convertir la rutina en algo hermoso.
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