
Flor fue nuestra sombra durante nueve años, esa presencia que esperaba pacientemente cada vez que abríamos la puerta, y que nos recibía como si hubiéramos estado ausentes una eternidad aunque solo fuera cinco minutos. Te acordás cómo se tiraba en el patio a mirar las nubes durante horas, o cómo insistía en dormir atravesada en la cama aunque no le quedara lugar, moviendo las patas mientras soñaba con aventuras que solo ella conocía. Desde que Flor se fue, la casa quedó más silenciosa y las mañanas se sienten raras sin ese peso pequeño apoyado en nuestros pies, dejando un hueco que sabemos que nadie va a poder llenar de la misma manera.
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