
Gatito fue nuestro pequeño payaso de nueve años que nos recibía cada tarde saltando como un resorte, exigiendo que le contáramos todo lo que habíamos hecho en el día antes de permitirnos siquiera dejar las cosas en la entrada. Tenía esa costumbre de dormir en los lugares más incómodos de la casa, siempre en los rincones donde no esperábamos encontrarlo, y cuando lo descubríamos nos miraba como si fuéramos nosotros los que estábamos invadiendo su espacio privado. En la casa quedó ese silencio que duele, ese espacio vacío donde antes había alguien esperando, demandando, amando sin condiciones, y ahora solo queda la certeza de que la vida con vos fue infinitamente mejor que sin vos.
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