
Gordo tenía ese don de aparecer justo cuando más lo necesitábamos, saltaba a nuestras faldas en los momentos de tristeza y se quedaba ronroneando hasta que volvía la paz a la casa. Sus costumbres eran tan particulares que la casa entera se organizaba alrededor de ellas: la siesta en el sofá a las tres de la tarde, el ritual de frotarse contra nuestras piernas cuando abríamos la puerta, esos maullidos que parecían reclamos de justicia cuando no le dabas atención al instante. Cuando se fue en 2023 nos dimos cuenta de que había ocupado tanto espacio en nuestros días, en nuestras risas y en nuestros silencios, que la casa quedó demasiado grande y demasiado silenciosa sin sus pasos y su presencia constante.
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