
Gordo fue quien nos enseñó que la vida se disfruta mejor desde la comodidad del sillón, ronroneando mientras nos miraba con esos ojos que parecían entender cada palabra que le decíamos. Durante dieciséis años nos despertó con sus maullidos insistentes a las seis de la mañana, reclamaba su desayuno con la certeza de que el mundo giraba alrededor de su hambre, y nosotros simplemente obedecíamos porque así debía ser. Dejó vacío el rincón donde dormía, el plato que llenábamos cada día y esa rutina de acariciarlo hasta sentir cómo se relajaba bajo nuestras manos, momentos que ahora entendemos fueron los más valiosos que compartimos en casa.
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