
Gordo fue quien nos enseñó a entender el lenguaje de los silencios, ese de quedarse echado a nuestros pies mientras hacíamos las cosas de cada día, sin pedir nada más que estar ahí, presente en cada rincón de la casa que recorría con su ritmo lento y seguro. Durante quince años nos despertó con ese jadeo particular que era su forma de saludar, y nos acompañó en las tardes de lluvia cuando se acercaba a apoyar la cabeza en nuestras rodillas como si supiera exactamente cuándo necesitábamos sentirlo cerca. La casa quedó extrañamente silenciosa cuando te fuiste, Gordo, porque habías ocupado un espacio que era solo tuyo, ese lugar de certeza y calidez que nadie más podría llenar de la misma manera.
Sé el primero en dejar un mensaje
✓ Chat en tiempo real
✓ Grupos temáticos por raza y ciudad
✓ Compartir en WhatsApp, Instagram
✓ Hasta 20 fotos
$9.500 / mes
Mejorar a Prueba Comunidad →