
Gordo fue trece años de siestas al sol en la cocina, de esos ojitos que te pedían un pedacito de lo que estuvieras comiendo y de la costumbre de seguirnos de cuarto en cuarto como si fuera lo más importante del mundo estar donde nosotros estábamos. Te acordás de cómo esperaba en la puerta cada vez que salíamos, como si fuera la primera vez que nos ibas a ver llegar, y cómo dormías acurrucado en los pies de la cama en esas noches donde nadie necesitaba hablar porque tu respiración tranquila lo decía todo. La casa quedó demasiado silenciosa sin vos, sin tus carreras torpas por el pasillo ni ese gruñido de bienvenida cuando llegábamos, y aunque sabemos que el tiempo sigue su curso, vos seguís siendo eso que nos falta cada mañana.
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