
Gordo fue ese perro que te recibía cada vez que llegabas a casa como si fueras la persona más importante del mundo, saltando y moviendo la cola sin parar, y que después se acurrucaba a tu lado en el sofá como si nada hubiera pasado. Pasó sus trece años robando pan de la mesa cuando nadie lo miraba, durmiendo en los lugares más incómodos de la casa y ladrándoles a los autos que pasaban por la calle como si fuera su trabajo personal protegernos. Te dejó un hueco raro en el día a día, ese silencio cuando no escuchabas sus patas en el piso o sus ronquidos en la tarde, y la costumbre de poner su plato aunque ya sabés que no va a venir.
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