
Gordo fue diez años de alegrías sin complicaciones, ese perro que te recibía cada vez como si fuera la primera vez y que se dormía ronroneando en la falda mientras veíamos televisión en la sala. Vos tenías el don de saber exactamente cuándo alguien en casa necesitaba un hocico en la mano o una cabeza apoyada en el pecho, y lo hacías sin que nadie te lo pidiera. Dejaste un silencio raro en las mañanas cuando ya no estuviste para seguirnos a la cocina, en esas esquinas donde te recostabas a esperar, en la forma en que algunos de nosotros todavía miramos esos lugares donde vos siempre eras.
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