
Gordo llegó a nuestras vidas en 2012 y durante dieciséis años fue el primero en recibirnos en la puerta cada vez que volvíamos a casa, con ese entusiasmo que te hacía sentir como si hubieras estado años afuera aunque fuesen solo minutos. Lo que más vamos a extrañar es escuchar sus ronquidos desde el sillón mientras nosotros veíamos televisión, ese sonidito que se convirtió en la banda sonora de nuestras tardes y que ahora el silencio se siente demasiado vacío. Se fue en 2028 dejando un vacío que ninguna otra presencia va a poder llenar, porque Gordo no era solo un perro sino el testigo silencioso de todos nuestros momentos, desde los buenos días hasta las noches que precisábamos simplemente estar cerca de alguien que nos quisiera sin condiciones.
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