
Kira fue nuestra sombra durante catorce años, esa que se recostaba en nuestro regazo cada vez que nos sentábamos a leer y que ronroneaba como si tuviera un motor adentro, haciéndonos sentir que todo estaba bien en el mundo. Te acordás de cómo se despertaba a las tres de la mañana para traernos un juguete a la cama, o cómo insistía en que le abriéramos el grifo del baño porque le encantaba beber agua fresca, como si fuera la cosa más importante del día. La casa quedó demasiado silenciosa cuando te fuiste, y todavía buscamos tu presencia en esos lugares donde siempre estabas, en la ventana del living donde te asoleabas, en la puerta de la cocina esperando que algo cayera al piso.
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