
Kira fue esa presencia constante que nos esperaba cada tarde en la puerta, moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía después de una eternidad, y eso nos enseñó que la alegría verdadera estaba en los detalles simples de estar juntos. Te acostumbraste a dormir en nuestros pies durante las noches, a seguirnos de habitación en habitación sin perdernos de vista ni un segundo, a ese juego que inventábamos de buscar las cosas escondidas por la casa mientras vos saltabas de felicidad. Dejaste un silencio en el patio que antes llenabas con tus pasos, un espacio vacío en el sofá donde descansabas tu cabeza, y la certeza de que durante diez años fuiste exactamente lo que necesitábamos sin que tuviéramos que pedírtelo.
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