
Kira era esa presencia que transformaba nuestras tardes grises en momentos de pura diversión, siempre lista para perseguir lo que se moviera en el patio y volviendo victoriosa con lo que encontraba, como si nos trajera los tesoros más valiosos del mundo. Te acostumbraste a esperarnos en la puerta cada vez que salíamos, y nos recibías con ese entusiasmo que hacía que cualquier día difícil se sintiera un poco más llevable, como si supieras exactamente cuándo necesitábamos tu alegría. Desde que te fuiste en 2019, hay un silencio en esos lugares que compartimos juntos, y aunque pasen los años, seguimos viendo tu sombrita trotando por donde solías andar, porque los que aman como vos amabas dejan huellas que no se borran.
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