
Kira fue esa presencia constante que nos enseñó que la felicidad vivía en las cosas simples, como esperar junto a la puerta cada vez que llegábamos a casa o perseguir las sombras del atardecer en el patio con una energía que nunca se le acababa. Durante diez años compartimos con vos los rituales que se convirtieron en parte de nuestras vidas, desde esos paseos donde vos marcabas el ritmo hasta las tardes de lluvia cuando te acurrucabas en nuestro regazo como si fueras inmortal. Te llevás un espacio en el hogar que ningún otro podrá llenar, esos silencios donde esperamos escuchar tus pasos y la certeza de que nos dejaste más de lo que nos pediste jamás.
Sé el primero en dejar un mensaje