
Kira fue nuestra sombra durante cinco años, ese ser que te seguía de habitación en habitación sin necesidad de llamadas, atenta a cada movimiento nuestro como si fuera lo más importante del mundo. Tenía la costumbre de despertarnos con sus patas suaves en la cama cada mañana y nos robaba la ropa recién sacada del tender para hacer su nido, lo que nos hacía reír incluso cuando estábamos apurados. El silencio de la casa sin sus pasos, sin ese ruido particular que hacía al beber agua, sin su respiración cerca mientras descansábamos, dejó un vacío que los años no han llenado del todo.
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