
Kiwi llegó a nuestras vidas en 2015 y durante cinco años llenó cada rincón de la casa con su forma particular de saludar en la puerta, sus carreras sin sentido por el patio y esa costumbre de apoyar la cabeza en nuestras piernas cuando algo no andaba bien. Vos tenías una manera única de pedir permiso antes de subirte al sofá, mirando fijo a los ojos como si necesitaras nuestra aprobación, y después dormías horas con la cabeza colgando del respaldo mientras resoplabas feliz. Cuando te fuiste en 2020 dejaste un silencio raro en esos lugares donde siempre estabas, y ahora cada vez que alguien viene a casa buscamos sin querer ese ruido de patas que no vuelve.
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