
Kiwi fue durante catorce años el corazón de nuestra casa, ese ser que nos esperaba en la puerta con la cola moviéndose como un péndulo cada vez que llegábamos, y que insistía en dormir en nuestros pies sin importar cuánto se moviera la cama durante la noche. Te acordás de cómo burlábamos de esa manía tuya de robar medialunas de la mesa del desayuno y correr por el pasillo como si hubieras cometido el crimen del siglo, o de cómo te plantabas frente a la ventana los domingos a esperar que pasara el cartero, como si fuera la única emoción que te importara en el mundo. La casa quedó demasiado silenciosa después de que te fuiste, y esos espacios que ocupabas, donde reposabas tu cabeza en la tarde o donde nos mirabas con esos ojos que decían todo lo que tu corazón sentía, se convirtieron en el
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