
Kiwi fue ese perro que te esperaba cada tarde en la puerta con una alegría que no se podía fingir, moviendo toda la cola como si fuera lo más importante del día que volvieras a casa. Te robaba los calcetines del tendedero y los escondía en lugares que tardábamos semanas en descubrir, y aunque nos enojábamos, sabíamos que lo hacía porque quería tener algo tuyo cerca mientras dormía. Desde que te fuiste dejaste un silencio en el patio que ningún otro sonido llena, y en las mañanas todavía nos sorprende no verte esperando tu desayuno en la cocina.
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